La pobreza y la representación política

Desde hace unos meses aparece como tema mediático la pobreza. Así lo señaló la Iglesia por medio de altas jerarquías. De él se hicieron eco casi todos los medios. También los políticos. Algunos lo descubrieron con ocasión de las elecciones, otros, de buena fe, lo plantean desde hace años.

Es bueno que la pobreza ocupe el centro del debate político. Lo malo es que lo ocupe por una o dos semanas y sea luego reemplazado por alguna epidemia, un crimen resonante o algún triunfo deportivo. Algunas apariciones parecen irónicas: ¿no lo es que predique sobre la pobreza un ex ministro de Obras Públicas que contribuyó a desarrollar una política económica nefasta para el desarrollo nacional que, entre otras cosas, privatizó las fuentes de energía y los servicios públicos en condiciones monopólicas, con tarifas dolarizadas, con cesión de jurisdicción a favor de tribunales extranjeros, aun arbitrales?[1]

La pobreza debería ser el centro de la agenda política. Pues, ¿para qué otra cosa que mejorar la calidad de vida tiene sentido la política? Y es obvio que el primer paso para que haya calidad de vida implica eliminar la pobreza. Lo que algunos llaman Justicia Social.

¿Puede haber Justicia Social, sin Independencia Económica y Soberanía Política? ¿Puede haberla sin empleo en condiciones dignas? ¿Puede haberlo con las herramientas centrales de la economía –producción, transporte y distribución y exportación de energía, las telecomunicaciones, exportación de cereales, medios de comunicación- en manos de monopolios u oligopolio privados?

No pretendo discernir cuáles son las responsabilidades del gobierno actual y de los anteriores. Pero si en los años 60’ luego del peronismo de los 50’ y antes de la debacle de la dictadura el país tenía niveles bajos de pobreza y desempleo, sería razonable ver qué ocurrió para llegar a la situación actual, tan deplorable.

El debate debe profundizarse hacia las causas y, por ende, hacia políticas persistentes para su erradicación.  Hubo: desindustrialización, transnacionalización de las empresas más rentables, privatización de los servicios públicos y de la explotación de los recursos hidrocarburíferos, provincialización de los recursos naturales, varias dictaduras (la última con un plan criminal de una generación de estudiantes, políticos y gremialistas), endeudamiento externo, aceptación de exenciones tributarias insólitas a quienes exportan minerales con precios altos, cesión de jurisdicción para conflictos comerciales aceptando como contraparte del Estado a empresas, aun radicadas en paraísos fiscales, reconocimiento de la condición de nacional a empresas radicadas en paraísos fiscales si el capital accionario es controlado por un residente argentino, entre otras circunstancias.

Desandar todo lo descrito antes implica un programa nacional y eso es mucho más que lo que se puede escribir en estas líneas. Supone cuestionar lo hecho desde 1976 en la materia entendiendo que no es irreversible.

Para estas líneas sugiero algo más modesto: revisar cómo son representados algunos pobres en la Argentina en el sistema institucional.

En lo inmediato si pensamos en la pobreza en la Argentina la referencia más clara y concreta es el conurbano bonaerense que reúne una enorme masa de habitantes, trabajadores o desocupados, que en muchos casos no tienen acceso a los servicios de aguas, cloacas (si bien se han extendido bastante en los últimos años) y gas por redes, lo que los obliga a adquirir una garrafa a precio de mercado mientras las petroleras privadas exportan el GLP a Chile o Brasil.

Lo primero que salta a la vista, pero es soslayado por el discurso político, es que el principio “un hombre un voto” no es respetado por la legislación, heredada de la última dictadura. Y ocurre que el principal damnificado es el votante de la provincia de Buenos Aires.

Así, a diferencia de lo que se difunde, la representación política de los bonaerenses no está sobredimensionada, sino todo lo contrario.

En la Cámara de Diputados (cámara representativa) la provincia de Buenos Aires no tiene la representación que le corresponde de acuerdo a la Constitución por la cantidad de habitantes. Ello ocurre porque no se aplica el Censo actualizado sino el de 1980.

Además, rige una ley de la dictadura del 14 de julio de 1983 (22.847) que beneficia a la Ciudad de Buenos Aires y a las provincias menos pobladas.

La Constitución establece en su artículo 45 que la Cámara de Diputados se compone con un representante por cada 33.000 habitantes o fracción que no baje de 16.500 debiendo el Congreso fijar la representación luego de cada censo pudiendo aumentar pero no disminuir la base expresada para cada diputado.

A su vez el artículo 47 autoriza a la renovación del censo cada 10 años.

La ley 22.847 que rige establece que sobre una base de representación de un diputado cada 161.000 habitantes o fracción no menor de 80.500. A dicha representación se agregan, por distrito, 3 diputados, no pudiendo en ningún caso se menos de 5 ni de la cantidad que cada distrito tenía en 1976.

Esta norma beneficia a las provincias menos pobladas. También a la Ciudad de Buenos Aires cuya población decreció desde 1976. Y, como es obvio, la provincia de Buenos Aires es la más perjudicada pues sufre una subrepresentación en la cámara representativa que resulta alarmante.

Un ejemplo es suficiente: cada diputado nacional de la provincia de Buenos Aires representa a casi 200 mil habitantes, mientras que su colega de Tierra del Fuego (para dar el ejemplo extremo) a poco más de 20 mil habitantes.

Como es también conocido, la provincia de Buenos Aires recibe por el reparto de los impuestos coparticipables una cifra que resulta inadecuada conforme a parámetros racionales de asignación de recursos, como ser población, población con necesidades insatisfechas, posibilidades de lograr ingresos tributarios por explotaciones características del territorio, etc.

Cabe preguntarse entonces si será casual que el voto de los pobres sea el que está subrepresentado sin que la comunidad política se alarme.

No me parece descabellado suponer que va de la mano de tantas resignaciones que ha sufrido la provincia de Buenos Aires en materia de coparticipación, por ejemplo, y de los triunfos históricos de las provincias hidrocarburíferas y mineras en perjuicio de la  Nación. Al menos como la concebía el peronismo en la Constitución de 1949 redactada por Perón y Sampay.

Es obvio que lograr una mayor representación para la provincia de Buenos Aires no modificará automáticamente la pobreza, pero un abordamiento del tema no puede soslayar este dato. Tal vez ayude a que los pobres sean más escuchados.


[1]Si es por ironía, mejor las de Quevedo:

LETRILLA SATÍRICA

La pobreza. El dinero.

Pues amarga la verdad,
Quiero echarla de la boca;
Y si al alma su hiel toca,
Esconderla es necedad.
Sépase, pues libertad
Ha engendrado en mi pereza
La Pobreza.

¿Quién hace al tuerto galán
Y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
Le sirve de Río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan,
Sin ser el Dios verdadero
El Dinero.

¿Quién con su fiereza espanta
El Cetro y Corona al Rey?
¿Quién, careciendo de ley,
Merece nombre de Santa?
¿Quién con la humildad levanta
A los cielos la cabeza?
La Pobreza.

¿Quién los jueces con pasión,
Sin ser ungüento, hace humanos,
Pues untándolos las manos
Los ablanda el corazón?
¿Quién gasta su opilación
Con oro y no con acero?
El Dinero.

¿Quién procura que se aleje
Del suelo la gloria vana?
¿Quién siendo toda Cristiana,
Tiene la cara de hereje?
¿Quién hace que al hombre aqueje
El desprecio y la tristeza?
La Pobreza.

¿Quién la Montaña derriba
Al Valle; la Hermosa al feo?
¿Quién podrá cuanto el deseo,
Aunque imposible, conciba?
¿Y quién lo de abajo arriba
Vuelve en el mundo ligero?
El Dinero

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